Dignificar

IMG_20150621_094101181Se habla por todos lados de ella. Se le nombra, calla, tergiversa y profana. En su nombre se levantan las banderas morales y políticas, se remece el país completo. Su sonido rimbombante que como gordo avasallador nos obliga a movernos del camino o a hacerle frente: justicia social.

¿Y qué más se puede decir a estas alturas del abuso? Porque pareciera dar para todo. La vemos saltando por entre las comunas separadas económicamente de nuestra ciudad, enredada en la desigualdad cultural y material, vociferada en los infinitos proyectos de ley actuales, terremoteada en todos los desastres naturales, replicada sin descanso en cada casa. Es el tema del momento, el pollo de la cazuela: todos quieren tenerlo.

IMG_20150611_105834231Pero ante la verborrea se ha instalado la incomprensión más absoluta, la Babel chilensis; cada uno proclamando sus cosas al aire, sacudiendo las manos indignadas por Facebook y marchas. Ya no sabemos ni de qué estamos hablando. Y nuestras voces que ahora se levantan agotadas de tanto alarido buscando una respuesta. Entonces, silencio. Se oye una voz: el Padre Kentenich.

¿Qué puede decirnos un sacerdote que vivió hace 50 años en Alemania? Muchos lo rechazaríamos sólo por extranjero, alemán y… cura. Y sin embargo, pareciera que hay cosas que no cambian, que más allá de si somos chilenos, rusos, austríacos o chinos se aplican. ¡Pareciera ser que todos somos humanos! Y a él que le tocó vivir tan intensamente a una humanidad destruida nos dice, casi en un susurro: “dignificar a la persona”. Y repite: “la dignidad primero”. Y nuestras discusiones tan preocupadas de platas para acá, para allá, que la casa, que el auto… No, primero dignificar. Ya vendrá después lo material que es reflejo de esa dignidad primera.

Entonces vemos de otra forma nuestro país. ¿Por qué estamos tan preocupados por la plata? Porque no nos dignificamos los unos a los otros. Porque, tal vez, no nos sentimos plenos en nuestros trabajos y buscamos ser valorados por lo que tenemos: el último celular, el último computador, la zapatilla más cara, la ropa más bonita. Por supuesto que necesitamos las cosas, por supuesto que estamos divididos en tres Chiles, por supuesto que hay que seguir creciendo y distribuir. Hay que hacer el giro: primero el otro en sí mismo y después sus necesidades. No es un número (una casa a construir, un salario a reajustar), es un otro igual a mí; más aún: es la voz de Dios en mi vida. De nuevo: ¡Dignificar! Y no dejar de trabajar por enaltecer aún más con mejores salarios, viviendas, educación.

Y la verdad, ¿no es esto cultura de Alianza? O como el Papa Francisco, ¿no es la cultura del Encuentro? Donde primero miro al otro como Dios lo hace, y luego me pongo a su servicio. Preocuparme de cómo está, lo que le pasa, escucharlo, atenderlo. Lo necesitamos tanto. En Arde Puente Alto y en Misión Cuba varios lo han vivido: no es tanto por la necesidad material, sino la necesidad de sentirse acogidos, en el Hogar. Pareciera que ese es el llamado que desde el fondo del griterío nos hace el tiempo actual: que Chile sea un hogar que acoja a todos.

Al final, parece ser que – al igual que el Padre Kentenich – la voz y vida de unos pocos pueden responder a los clamores de toda una edad. En nuestro país, ¿dónde estarán?

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