Grandes Cambios, Grandes Tareas ¿Por dónde empezar?

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Es fácil prender la televisión y sentirse abrumado por lo mal que se ve el mundo. Muertes, robos, desconfianza, malestar social, pobreza, indiferencia, y la lista podría seguir fácilmente. Es fácil buscar culpables, apuntar con el dedo y descargar el descontento. Es fácil buscar el chivo expiatorio, “que la fiscalía no tiene mano dura”, “que los políticos no buscan el bien común”, “que las empresas sólo quieren su propio beneficio”, “que la estructura de la sociedad no permite que las cosas mejoren”, entre tantos otros comentarios cada vez más frecuentes.

En su vida, San Alberto Hurtado tuvo largas reflexiones sobre si lo que había que cambiar eran las estructuras o el individuo, un problema de “el huevo o la gallina” no menor, no evidente y que sigue vigente. Por suerte, hoy contamos con su reflexión para adelantar camino: la respuesta es que hay que cambiar las dos al mismo tiempo, pues las estructuras sociales están compuestas por individuos y éstos deben de convertirse interiormente para buscar ejercer los cambios y plasmarlos en las estructuras, las que, a su vez, condicionan el actuar del hombre. Es decir, su mutua implicancia hace necesario no descuidar ninguna de las dos. Difícil tarea. Nos puede quedar grande el poncho.

El fundador de Schoenstatt -movimiento católico de renovación que acaba de cumplir cien años- planteó en el año 1949, en tierras chilenas, la misión del movimiento ante el mundo y la Iglesia: el ideal del “hombre nuevo en la nueva comunidad”. No dista mucho de la reflexión de San Alberto, pues implica un anhelo renovación del hombre y de su entorno. Difícil tarea, que para nosotros sería imposible de realizar si no se hace de la mano de Dios, y bajo el cuidado de María que nos conduce a Cristo.

En Schoenstatt creemos que nuestro esfuerzo por la santidad puede repercutir en el otro. Por eso buscamos cultivar nuestra vida interior y construimos vínculos fundados en Dios y que replican una Alianza de Amor sellada con María: un intercambio de corazones, intereses y afectos, donde la gratuidad y el servicio priman por sobre todas las cosas. Por ello acuñamos el concepto de “apostolado del ser”. Es decir, me la juego por mejorar, contagio mi ambiente, nos contagiamos entre los que aspiramos a lo mismo y el día de mañana -¿o por qué no hoy mismo?-, ayudamos a ir forjando, donde sea que estemos, un lugar donde Dios vuelva al centro, donde las personas sean valoradas en su dignidad y donde el “germen mecanicista” que acusaba nuestro fundador, pueda ser sanado otorgándole a todo lo que hagamos un sentido de trascendencia, de colaboración con un plan divino que se nos ofrece y al cual queremos ser fieles libremente. “Santas tareas sobre débiles hombros” dice el Padre Kentenich, y hoy, 100 años después, seguimos asumiendo una misión que para muchos es imposible, pero que, confiados en María, estamos seguros seguirá cambiando el mundo interior y exterior de aquellos que se nos confíen. La misión es difícil, pero con Dios todo es posible.

Universitarios de Campanario

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