Es Hora de acabar con la Cultura del Descarte

El Padre Kentenich nos habla muy claro: la sociedad está lejos de su centro; la sociedad se ha alejado de Dios. A muchos nos ocurre que sentimos que algo falta en nuestras vidas e intentamos saciar ese vacío interior con una intensa ocupación. Nos llenamos de distintas actividades, panoramas, amigos y responsabilidades, pero rápidamente somos capaces de desecharlos por agobio o cansancio, o simplemente por la oportunidad de algo mejor.

Esto nos interpela y nos hace preguntarnos ¿por qué desechamos? ¿por qué no nos hacemos cargo de lo que se no ha confiado? Creemos que sucede por una razón muy sencilla: sin Dios en el centro, nada de lo que hagamos tendrá pleno sentido ni valor propio, por lo que es fácilmente descartable.

Cultura del Descarte

Esta cultura del descarte, entonces, se explica desde la anunciada muerte de Dios. Su desaparición de la vida cotidiana deja al hombre vacío y éste ya no sabe dónde encontrarlo. En ese sin-sentido el hombre no sabe si centrarse en sí mismo o bien en la sociedad. Su vida está atravesada, de ese modo, por dos corrientes de acción que son el individualismo y el colectivismo.

Por el individualismo, que implica un egoísmo puro, construimos relaciones humanas en torno a la utilidad de la persona más que por su valor intrínseco, en tanto corresponda al discurso de “cuánto de lo que él tiene me sirve a mí”. Así, más que vínculos incondicionales, generamos vínculos de interés con todo aquello que puede serme útil: “el que tiene tal auto”, “el hermano de tal persona“, “el que me puede prestar los apuntes”; es decir, valoramos a los otros no tanto por quiénes sean, sino por lo que tienen o lo que nos pueden ofrecer para el interés de nuestra propia individualidad. Esta construcción de relaciones humanas provoca, naturalmente, que si alguien no responde a mis necesidades, es fácilmente descartable.

Por el colectivismo, que implica un valor nulo de la persona en sí, los individuos se subordinan a lo que la masa quiere y hace. Se niega también el valor intrínseco de la persona y lo único importante es la comunidad. Muchas veces nosotros mismos somos ciegos a esto y seguimos modas sin pensarlo, sólo porque los demás lo hacen y sólo porque así me siento parte de un grupo. ¿Qué implica esto? Que nuestras originalidades no están bien vistas, que debemos ser como los demás para ser aceptados y para consolidar nuestras identidades. Así, perdemos nuestro valor entre la masa.

En el mundo actual sentimos que esta cultura se expande epidémicamente y nos encontramos todos comportándonos, colectivamente, de manera individualista, sin importarnos verdaderamente ni la singularidad ni la pluralidad de las personas, sino tan sólo nuestro propio “yo”, en el “qué necesito del otro” y en el “cómo puedo ser aceptado en un grupo”. La verdad es que todos vivimos encerrados en nosotros mismos y desconectados del mundo. Vivimos desconectados del resto sin poder construir vínculos verdaderos por buscar el interés de la relación. Vivimos desconectados de nosotros mismos por hacer lo imposible para calzar en un grupo. Pero, principalmente, vivimos desconectados de Dios.

En cierta forma, estamos viviendo vidas paralelas, separadas. Separamos a Dios del mundo secularizándolo todo. Separamos a las personas con muros y rejas, edificando ciudades que segregan. Nos separamos a nosotros mismos, perdiendo nuestras originalidades cada vez que nos dejamos llevar por la masa. En fin, no hacemos más que separar y separar. Y en esa separación también hay un descarte.

papaholguin

¿Qué hacer frente a la tragedia de una cultura que busca descartarlo todo? El Padre Kentenich nos da una pista cuando dice que “la tragedia no está en que los malos sean malos, sino que los buenos no tienen el valor de ser integralmente buenos”. Es hora, entonces, de formar líderes capaces y llenos de Dios que puedan vencer esta cultura del descarte. Como jóvenes universitarios queremos ser esos líderes que puedan dar respuesta a la necesidad del mundo actual, pero sólo podremos hacerlo siendo coherentes. Ser coherentes significa ser de una sola línea; significa darle a cada cosa su lugar; significa unir y dejar de separar. Sólo así podremos ser ejemplo y testimonio de esta misión que creemos y queremos para el mundo.

Más concretamente, queremos responder a la sociedad desde nuestro desarrollo profesional. Queremos ser agentes de cambio; queremos ser hombres forjadores de historia que generen profundos vínculos con las personas, a pesar de las dificultades materiales o humanas que podamos encontrar en el camino, pues la cultura del descarte que enfrentamos en el tiempo actual sólo puede ser derrotada con una auténtica valoración del mundo y las personas.

Es decir, no sólo necesitamos buenos líderes, sino también tener una mirada ecológica y orgánica de la realidad. Tal como nos dice nuestro Papa Francisco en la encíclica “Laudato Si”, nos damos cuenta de que Dios, los hombres y las cosas están interrelacionados y no podemos pensar ni vivir como si estuvieran aislados. No podemos separarlos, no podemos desecharlos.

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