Papa Francisco a Schoenstatt: Sociedad y Nuevo Orden Social

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No hay muchas buenas noticias estos días. Si encendemos el televisor oiremos sobre los refugiados sirios a quienes se les negó el ingreso en Europa, conflictos civiles en Palestina, Burundi y Burkina Faso, familias desmembradas debido a las maras y la violencia de la droga en México y Sudáfrica, grupos terroristas extremistas devastando partes del Medio Oriente y África, atentados contra los derechos humanos en Myanmar, Paraguay, y Angola.

¿Cómo encontrar alegría y esperanza?

La pregunta que la Familia de Schoenstatt le hizo al Papa Francisco en la audiencia del año pasado – cómo encontrar alegría y esperanza en el medio de tanto sufrimiento – es algo muy real también para nosotros, cuando hay tanta desesperanza a nuestro alrededor.

El Santo Padre no nos dijo cómo deberíamos trabajar para solucionar los problemas en la sociedad, que creo que es lo que muchos de nosotros esperábamos cuando el Movimiento de Schoenstatt le pidió que reflexionara sobre cómo nuestra alianza de amor con la Santísima Madre podría contribuir a conseguir un impacto positivo en el mundo. En su lugar, habló sobre la actitud que debemos tener para enfrentar los retos de un mundo en transformación en forma serena: rezar y abandonarse.

Abandonarse

Comienza diciendo que el primer paso para ir al encuentro de un mundo que a veces no comprendemos es no planear cómo lo arreglaríamos, sino “abandonarme en su bondad” y confiar en que Dios no va a abandonarnos.

Inmediatamente esto nos recuerda una de nuestras oraciones favoritas de Schoenstatt:

“Tú conoces el camino que tienes preparado para mí, tú conoces el momento. En tus manos pongo las mías con toda mi confianza. Tu plan es perfecto, lleno de un perfecto amor. Tú conoces el camino que tienes preparado para mí, y eso basta.” (Suplemento del Hacia el Padre, edición norteamericana)

Oración ardiente

La segunda actitud hacia lograr la serenidad – a pesar de las tormentas que nos rodean – es dedicarnos a una vida de ardiente oración. Esta oración, dice el Papa Francisco, es tomar conciencia de nuestra propia debilidad. Esta conciencia de nuestra debilidad trae humildad, la humildad que se necesita para mirar el mundo de manera diferente.

Vayan a las periferias

Francisco advierte eso muy a menudo, vemos el mundo desde el centro. Cuando estamos en medio de nuestros problemas solo podemos verlos desde la estrecha visión de nuestra limitada perspectiva. Sin embargo, dice el Pontífice, si permitimos que el “único centro – Jesucristo se haga cargo de los problemas mientras nos retiramos a las periferias, entonces “podrán verlos con mayor claridad.”

Francisco señala que los que se colocan en el centro de la autoridad – en lugar de Cristo – con frecuencia terminan teniendo que defender su posición y no se dan el lujo de ver la realidad desde una perspectiva diferente.

En realidad, el Papa Francisco dice que “las revoluciones… hacen entender la realidad de otro lado.” Una revolución casi siempre se enciende a través de un grupo descontento en la periferia que ve la realidad desde una perspectiva diferente a la de aquellos que están en el poder y tienen intereses particulares que defender. La Primavera Árabe es un buen ejemplo de esto. Por supuesto, no todas las revoluciones son buenas. Pero son un signo de nuestros tiempos y un llamado a nosotros para que las interpretemos.

Podemos aplicar esto muy fácilmente al papel profético de Schoenstatt. El profeta siempre es la voz en el desierto, la voz solitaria en un mar de críticas. Pero el profeta tiene el privilegio de ver mejor la verdad porque se coloca en las periferias de la sociedad y puede observar con mayor claridad y denunciar la verdad ante el poder.

Visión profética y rechazo

La visión profética requiere que nos apartemos del centro para observar el mundo que nos rodea sin ningún interés propio e imaginarnos la perspectiva de Dios, la perspectiva del otro.

El verdadero profeta es, por lo tanto, el que muchas veces debe “pasar la prueba del rechazo” en tanto que los “los falsos profetas nunca fueron porque les decían a los reyes o a la gente lo que querían escuchar.”

El Papa Francisco hace referencia al P. Kentenich como una figura profética que enfrentó el “rechazo” y la “incomprensión”. Sin embargo, esto “signo de que un cristiano va adelante.” Esto lo vemos muy claramente en la vida de nuestro fundador, cuya reclusión en Dachau y el exilio en Milwaukee fue el rechazo que recibió por identificar las fallas en la sociedad y en la Iglesia de su época.

Coraje

En su conversación con la Familia de Schoenstatt durante la audiencia, el Papa reconoció que este tipo de vida no es fácil, sino que requiere “coraje de ir adelante y el aguante de soportar el peso del trabajo.” La figura profética, dice, siempre tundra que soportar las contradicciones, las críticas, y “situaciones duras de la vida” que exigirá adoptar una posición moral, un lugar que muchas veces es muy solitario.

Para aguantar todo esto necesitamos una oración con coraje porque la “oración sin coraje es una oración “chirle”, que no sirve.”

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La autotransformación, a su vez, transforma la sociedad

Reflexionar sobre las palabras del Santo Padre hace que nos demos cuenta de que no nos está pidiendo que cambiemos el mundo, sino que cambiemos nosotros mismos. Los poderosos efectos de la autotransformación – como sabemos de las gracias que recibimos en el santuario – se irradian mucho más allá de nosotros mismos; no de cualquier cosa que hagamos, sino de la gracia de Dios que obra a través de nosotros. Este autoabandono del que habla Francisco puede resumirse en este antiguo adagio: Dejar todo en manos de Dios.

Si nos abandonamos y dejamos que Dios actúe a través de nosotros, a través de nuestras vidas, entonces haremos del mundo un lugar mejor para todos. Si somos capaces de encontrar alegría y esperanza en cada situación, penetrará en toda la sociedad y se convertirá en un catalizador para el cambio. Si esto va acompañado de la oración, entonces nosotros, al igual que el Papa Francisco, veremos los “milagros que Dios ha obrado a través de los que se abandonan en Sus manos.”

(Via Schoenstatt.org, por Sarah-Leah Pimentel)

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