Textos del Padre

UNA IGLESIA POBRE, HUMILDE Y ORIENTADA AL MUNDO.

Después de la elección del Papa Francisco, traemos en consideración una reflexión del Padre Kentenich (1965-1968) luego del Concilio Vaticano II.

 

Una Iglesia fraternal (…). ¿Cuál era la imagen de la Iglesia en el pasado?
Una Iglesia enteramente autoritaria. Esto lo podemos decir ahora sin temor a que se nos contradiga: una Iglesia regida dictatorialmente (…). Sabemos cómo Juan XXIII se considera a sí mismo hermano de todos. Él quería ser hermano para que la Iglesia llegara a ser fraternal (…). De este modo, se da un quiebre con una Iglesia regida dictatorialmente. En su lugar, se acentúa el estar fraternalmente el uno junto al otro, el actuar en común, el actuar en conjunto de todo el pueblo de Dios (…).
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La Iglesia, así nos lo ha dicho el concilio, debe ser cada día más y más una Iglesia pobre; una Iglesia que ama para sí misma la pobreza, que cada día toma más y más distancia de la pompa. Pero que a la vez es amiga de los pobres, que no busca constantemente ni mendiga la benevolencia y complacencia del Estado.
Una Iglesia humilde (…) que confiese la propia culpa y tenga el valor de pedir perdón. Una Iglesia, por lo tanto, enteramente diferente a la que habíamos conocido con anterioridad. Pensemos en el actual Santo Padre (Pablo VI). Uno de sus actos más significativos ha sido pedir perdón a otras religiones por cuanto la Iglesia pudo haber hecho mal respecto a ellas en los siglos pasados. ¡Una confesión de pecado! (…).
 
Una iglesia orientada al mundo
Hemos destacado cómo la Iglesia peregrina se caracteriza también por su marcada orientación al mundo (…). De acuerdo a lo que se nos enseñó, especialmente tratándose de la generación más antigua, estábamos acostumbrados a la siguiente formulación: el hombre está en la tierra para salvar su alma. El orden de la salvación era visto en forma extraordinariamente individualista. Se trataba, por lo tanto, de una relación individual con Dios.
Hoy, en cambio, se acentúa más lo social o la orientación al mundo. Naturalmente, no debemos pasar por encima el hecho de que la antigua forma de pensar no se hubiese preocupado y esforzado también por la salvación de todo el mundo. Pero se partía más bien del pensamiento: si cada uno se esfuerza por la salvación de su alma, en último término tendremos la salvación de todos. Hoy día constatamos una diferencia. Ya no está el yo en primer plano. Esto no quiere decir que no deba ser tomado en cuenta; sólo digo, que no está tanto en primer plano; más bien lo está la comunidad de los santos y el impulso hacia el mundo (…). La Iglesia quiere poner en forma más vigorosa primariamente el “nosotros” en primer plano; primero la comunidad, y luego el individuo como miembro de la comunidad (…).
La Iglesia debe ser, tal como en el cristianismo primitivo —y como siempre debiera haberlo sido— alma de la cultura, alma de todo el mundo actual. Se debe vencer la separación entre Iglesia y cultura, entre Iglesia y mundo. La Iglesia debe llegar a ser alma de toda esta cultura actual, tan convulsionada y mundana; de esta naturaleza tan influenciada por la acción del demonio (…).

¿Qué significa el imperativo: “Id por todo el mundo”? Significa dinamismo en toda su amplitud (…). No proclamamos una huida del mundo, tampoco un mundanismo o una avidez por el mundo; no nos contentamos con vencer al mundo, sino queremos que la Iglesia penetre el mundo. Debe impregnarlo hasta llegar a ser alma del mundo

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